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Escrito por Corina Matamoros   

La Habana, septiembre 2009.

«Si pierdo la memoria…»

Rocío no tendría que firmar sus telas, su signatura es su pintura, sin equívocos posibles, para facilidad de espectadores y paz de los entendidos. Todos podemos reconocer sus trazos, sus colores estridentes, los seres  misteriosamente ocupados que deambulan por sus lienzos. Se trata, por demás, de una pintura lectura, y me pregunto si no debíamos ganar a esta pintora para el círculo de los narradores: sus piezas hipnotizan como un libro que no podemos dejar de leer. Nos urge saber qué está teniendo lugar dentro del rectángulo de tela. Tenemos la imperiosa necesidad de saber lo que pasa en escena, como en las narraciones buenas o en los buenos guiones de cine.

 

Y lo que pasa en las telas de Rocío es sorprendente. Una vida relativamente oculta se pasea por sus cuadros. Agónica, nefasta, prohibida, ambigua, diferente,  doblegada y a veces hasta ignorada de nosotros mismos, abre las puertas y se escapa de las prisiones sociales y personales donde la habíamos confinado. Las palabras que no alcanzábamos a pronunciar, el deseo al que no nos atrevimos, la dosis de violencia imaginada, lo prohibido, la locura más absoluta o la propia muerte campean como si tal cosa, con increíble naturalidad, haciéndonos pensar en cuán  intolerante, fingidora o prejuiciada le hemos permitido ser a nuestra época.

Con perfecta avenencia entre la “fiereza” de la acción pictórica y la actitud intelectual que la domina, esta artista graduada de la reputada Academia de Bellas Artes Répin de San Petersburgo, ha dispuesto todos sus recursos visuales para poblar una nueva caja de Pandora. Los seres que ahora la habitan son otros y tienen de la crueldad y la procacidad de hoy, haciéndose acompañar de nuevos atributos, símbolos y apariencias. Se mueven por lugares dudosos, de baja catadura o preteridos por las buenas costumbres. Actúan con otras moralidades y a pesar de que a veces nos parezcan muy ajenos, han estado siempre cerca, merodeando, subsumidos o en ciertas oscuridades de nosotros mismos. ¿Lugares?: bares, baños, prostíbulos, barcos, circos, billares,… ¿Sujetos?: traficantes, geishas, domadores, masoquistas, stripper, mutantes, luchadores, fumadoras de opio, violadores, modelos, seres desclasados… Rocío destapa con su arte otra caja de Pandora y los individuos que se escapan velozmente hacia la luz apuntan con sus pistolas, derraman sangre del prójimo, beben en el bar, se miran en el espejo, se infligen humillaciones, contrabandean, se desean, se traicionan, se aman…

Una vez adentrados en este universo irrefrenable de pasiones y acciones límites, una gran parsimonia clásica se advierte en la pintura. La monumentalidad de las figuras y composiciones, la pose goyesca de una geisha reclinada, el retrato de un mutante que se observa como Dánae ante el espejo o el grupo de mujeres plagiando con impudicia las picassianas chicas de Avignon: todo habla en la obra de la artista del gran conocimiento y la admiración por cánones de la pintura de viejos maestros, clásica y moderna. Engarzada con esa sólida tradición pictórica, la poética de Rocío se encara impetuosamente, sin embargo, con las complejidades contemporáneas.

Para acentuar mejor las actuales contaminaciones  entre lo políticamente correcto y la vida real, llega un policía a la escena de esta trayectoria visual. Very very light…and very oscuro (un policía con Alhzeimer) es la más reciente serie de Rocío García. Valiéndose del artificio de la desmemoria, la artista introduce en sus lienzos un guardián olvidado de sí y de sus identidades físicas, sociales y morales. En el acto de no recordar, el policía descuida su misión ciudadana y pasa a estar en situación de convertirse peligrosamente en su contrario. Es tan fuerte y apuesto como cualquier seductor del bar, tan hedonista y sexy en su ceñido uniforme como los andróginos seres de la noche, tan agresivo como un destroyer. Rocío lo echa a andar  en medio de escalofriantes impudicias, ambigüedades e incógnitas para someterlo deliberadamente a prueba. Relegado de sí y del catálogo de morales socialmente vigentes, el policía bebe en el bar portando las insignias del poder, observa una escena con suspicacia, se implica en incomprensibles ilegalidades, o sucumbe en una encrucijada de erótica  imposible.

¡Curioso alter ego para un policía tener un bandido cowboy! ¡Sugerente la desmemoria que puede convertirlo un buen día, cual el Orlando de Virginia Woolf, al otro sexo! ¡Ambiguo sentirse a todos lados del Eros! ¡Siniestro el implicarse en un acto de sangre que debe contener!

Rocío echa a rodar un agente del orden que se asoma al desorden del mundo; un hombre sin memoria para reconsiderar toda la memoria humana, la del bien y la del mal, la del error y el acierto, la de todas las éticas y todos los universos de apetencias. Echa a andar un hombre que pueda, desde la nada incólume del olvido, empezar a vislumbrar finalmente las anchuras reales de la existencia. Como escribiera el poeta: «Si pierdo la memoria ¡qué pureza!».