De Rufo PDF Imprimir E-mail
Escrito por Rufo Caballero   

Arte de espasmos, de torceduras en las noches, de músculos y huesos lesionados, de espaldas que cuentan historias terribles al tiempo que hermosas, Rocío García da cuentas de la sangre y el lirio del ballet. En su óleo Seda (un título irónico, sutil, inteligente, invitador, desconcertante), también de 2008, la artista concede una de las más bellas imágenes plásticas que haya podido imaginar el arte cubano en relación con Alicia Alonso. Seda es un alarde, como casi todo en Rocío, de paradojas productoras de gráciles sentidos contrariados y contrariantes. Cierto que pinta ese momento mítico,

más que histórico, genérico, cuando Alicia terminara de bailar Giselle y descubriera sus pies ensangrentados. Hay aquí una metáfora terriblemente bella, escalofriante, eléctrica, acerca del dolor y el placer que comporta el arte. Cierto que está esa dureza, ese cristal que se raja al cabo. Cierto. Como si Rocío entendiera, con Mañach, que “la emoción estética es siempre una sutil manera de angustia”, o que, también con él, “el arte, mientras más elevado y bello, más se nos presenta como una voluntad de existir frente a la muerte, frente a la disolución, frente a la nada”. La quebradura después del vencimiento a la muerte. Pero, al unísono, está la turbadora sensualidad de la sacerdotisa en malla, que abre las piernas, que confiesa su torso, que entrega su maravilla, su misterio. Confesión corporal, belleza de sexo, sensualidad refinada; todo a un tiempo; al tiempo del dolor y la cicatriz. No por gusto Rocío incrusta a Alicia, como una especie de variación noble, en la subserie de las “geishas rosas y malvas”. Así como sufre –sin quejarse-, se da la sacerdotisa, en su intimidad después de la función, tras bambalina, tumbada, humana. Y para colmo de paradojas creativas, útiles, fructuosas, todo está captado en un color frío, que en otras coordenadas funcionaría incluso como pomposo. Rocío es una alquimista. Como Alicia, hace con el arte lo que le viene en gana. Su pieza es, no se me ocurre imagen más feliz, despampanantemente hermosa y veraz. Tiene la verdad ininteligible del arte. La belleza inenarrable del instante artístico. Un cuadro de una belleza aterradora e invitante.